La psicología en infantes

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La mente de un niño es uno de los espacios más fascinantes, complejos y, a menudo, incomprendidos del mundo humano. Durante los primeros años de vida, los seres humanos experimentan una cantidad de transformaciones a una velocidad tan vertiginosa que jamás volverá a repetirse en ninguna otra etapa de la existencia. Cada risa espontánea, cada rabieta en mitad del supermercado, cada silencio repentino o cada juego en el suelo de la habitación es, en realidad, una ventana abierta hacia su universo interior. Sin embargo, los adultos tendemos a cometer el error de mirar el comportamiento infantil a través de las gafas de la madurez, exigiendo a los más pequeños un control emocional, una lógica y una sensatez que sus cerebros, por pura cuestión de desarrollo biológico, todavía no están preparados para ofrecer.

La construcción del cerebro infantil: un universo moldeable que aprende a sentir

Para comprender la conducta de un menor, el primer paso obligatorio es hacer un viaje imaginario hacia el interior de su cabeza. El cerebro de un recién nacido es como un lienzo en blanco o, mejor dicho, como una casa que tiene listos los cimientos pero que todavía debe construir los tabiques, colocar las tuberías y conectar los cables eléctricos. Durante los siete primeros años de vida, las conexiones entre las neuronas se multiplican de una forma asombrosa gracias a todo lo que el niño ve, oye, toca y experimenta en su entorno cotidiano. Esta increíble plasticidad significa que las vivencias de la infancia temprana dejan una huella profunda y duradera en la personalidad y en la manera en que ese individuo gestionará sus sentimientos cuando sea un adulto.

Un detalle que la gente de a pie suele pasar por alto es que el cerebro humano se construye por partes, desde las zonas más primitivas situadas en la nuca hasta las zonas más avanzadas localizadas en la frente. Las regiones que se encargan de las emociones más básicas, como el miedo, la ira, la sorpresa o la alegría, funcionan a pleno rendimiento desde el momento del nacimiento. Sin embargo, la zona de la corteza prefrontal, que es la encargada de poner freno a los impulsos, pensar con frialdad, razonar antes de actuar y planificar las acciones, no termina de madurar por completo hasta pasados los veinte años de edad. Esta asimetría biológica explica por qué un niño pequeño es pura emoción andante, un ser que reacciona con todo su cuerpo ante cualquier estímulo sin que exista un filtro racional que contenga su respuesta.

El verdadero significado de las temidas rabietas

Teniendo en cuenta esta realidad neurológica, las pataletas y los berrinches adquieren un significado completamente diferente al que solemos otorgarles en la calle. Cuando un menor de tres años se tira al suelo, llora a gritos descosidos y golpea los muebles porque no le hemos comprado un dulce o porque es hora de apagar la televisión, la respuesta automática del adulto suele ser el enfado, pensando que el niño está intentando manipular, que es un maleducado o que tiene un problema de conducta. La psicología nos demuestra que esto es un mito absoluto: a esa edad, el cerebro infantil no posee la capacidad de trazar una estrategia de manipulación maquiavélica.

Lo que ocurre en realidad durante una rabieta es un cortocircuito emocional. El niño experimenta una frustración tan inmensa que inunda por completo su mente, y al no disponer de la zona racional de la frente madura ni del vocabulario necesario para decir «estoy muy enfadado y triste porque quería ese juguete», su cuerpo colapsa y expresa el dolor interno de la única manera que sabe: mediante la acción física. Exigirle que se calme pidiéndole que razone en mitad del berrinche es como pedirle a alguien que aprenda a nadar mientras se está ahogando en una piscina profunda. La labor del adulto en ese instante no es castigar la rabieta, sino convertirse en el ancla que le devuelva la calma a través del abrazo, la presencia tranquila y la validación de su disgusto.

El papel de las neuronas espejo en el aprendizaje cotidiano

Otro mecanismo fascinante de la mente infantil es el funcionamiento de las denominadas neuronas espejo. Estas células cerebrales tienen la propiedad de activarse tanto cuando realizamos una acción como cuando observamos a otra persona llevarla a cabo. En los niños, este sistema está hiperactivo. Es el responsable de que los bebés devuelvan las sonrisas de forma casi refleja o de que los niños pequeños imiten los gestos, las posturas y las frases de sus progenitores mientras juegan a las cocinitas o a los coches.

Este espejo biológico lanza un mensaje contundente sobre la importancia del ejemplo en el hogar. Un niño no aprende a gestionar sus emociones escuchando discursos teóricos de los adultos, sino observando cómo actúan esos adultos en su día a día. Si en una casa los problemas se resuelven a gritos, dando portazos o perdiendo los nervios ante el más mínimo contratiempo, las neuronas espejo del menor registrarán que esa es la manera normal y aceptable de reaccionar ante las dificultades del mundo. Por el contrario, si nos ven respirar hondo, hablar con calma ante un error o pedir disculpas cuando nos equivocamos, les estaremos regalando una lección de autocontrol de un valor incalculable que se grabará a fuego en sus propios circuitos cerebrales.

Los pilares de la seguridad: el apego y la importancia de los vínculos afectivos

Nadie puede crecer de forma sana y segura si no siente que tiene un suelo firme bajo sus pies. En la psicología de los infantes, ese suelo firme se conoce con el nombre de teoría del apego, un concepto fundamental que viene a decirnos que los seres humanos nacemos con la necesidad biológica y urgente de conectarnos con una figura de referencia (generalmente el padre, la madre o el cuidador principal) que nos proporcione protección, alimento y consuelo térmico y emocional. La calidad de este primer vínculo afectivo que se construye durante los primeros meses de vida marcará la pauta de cómo ese niño se relacionará con el resto del mundo, cómo confiará en los demás y qué nivel de autoestima desarrollará a lo largo de su infancia y juventud.

Cuando los cuidadores responden de forma constante, cariñosa y rápida a las necesidades de un bebé (atendiendo su llanto cuando tiene hambre, acunándolo cuando tiene miedo o cambiándolo cuando está incómodo), el pequeño interioriza un mensaje crucial: «el mundo es un lugar seguro, mis necesidades importan y las personas que me rodean son de fiar». Esto da origen al llamado apego seguro. Los niños que disfrutan de esta condición se sienten con la libertad de explorar el entorno, alejarse para jugar con otros compañeros y aprender cosas nuevas porque saben perfectamente que, si algo sale mal o se asustan, tienen un refugio seguro al que regresar para recibir consuelo inmediato sin temor a ser rechazados.

Las grietas de la inseguridad en los primeros años

Por desgracia, cuando los adultos de referencia se muestran distantes, fríos, impredecibles o ignoran sistemáticamente las demandas afectivas y los llantos del lactante, el edificio de la seguridad emocional empieza a agrietarse. Esto provoca la aparición de los apegos inseguros, que pueden manifestarse de varias maneras en la conducta diaria del menor. Algunos niños se vuelven excesivamente dependientes y ansiosos, mostrando un pánico terrible a separarse de los padres incluso para ir al colegio, ya que temen de forma constante ser abandonados o no ser queridos.

Otros pequeños, por el contrario, desarrollan una coraza de aparente indiferencia y frialdad. Aprenden muy pronto que mostrar sus sentimientos o pedir ayuda no sirve de nada porque nadie acudirá a su llamada, de modo que evitan el contacto afectivo y se vuelven desconfiados y solitarios. A la larga, estas dinámicas de inseguridad infantil suelen traducirse en adultos con problemas crónicos para entablar relaciones de pareja estables, miedos profundos al rechazo social, dificultades para trabajar en equipo y una fragilidad interior camuflada bajo una fachada de excesiva dureza o agresividad.

Las rutinas como escudo protector contra la ansiedad

Dentro de la búsqueda de seguridad, existe un elemento cotidiano, sencillo y al alcance de cualquier familia que actúa como un auténtico bálsamo para la mente de los niños: el establecimiento de rutinas diarias claras, fijas y predecibles. Los adultos tenemos la capacidad de mirar la agenda, entender el paso del tiempo y saber qué haremos mañana. Los niños, sin embargo, carecen de esa noción del tiempo abstracto y viven en un presente constante, lo que puede generarles una gran incertidumbre y angustia si no saben qué va a suceder a continuación en sus vidas.

Organizar las jornadas siguiendo una secuencia repetitiva (saber que después de salir del colegio se va al parque, luego se merienda, se hace la tarea, llega el momento del baño, la cena y finalmente el cuento en la cama antes de apagar la luz) aporta a la mente infantil una tremenda sensación de control y tranquilidad. Las rutinas eliminan el factor sorpresa que tanto asusta a los más pequeños y les permiten anticiparse a los acontecimientos, lo que reduce de forma drástica los niveles de estrés, mejora la calidad del sueño nocturno y previene la aparición de conductas rebeldes surgidas por el simple miedo a lo desconocido.

El lenguaje del juego: la herramienta definitiva para entender y sanar su mundo

Si un adulto necesita desahogarse tras un día horrible en el trabajo, recurre a la palabra: llama a un amigo, se sienta a tomar un café y explica detalladamente qué le ha sucedido y cómo se siente al respecto. Un niño de cinco o seis años no posee las herramientas lingüísticas ni la capacidad de introspección necesarias para sentarse en el salón de casa y decir: «me siento estresado porque la llegada de mi nuevo hermano menor hace que me sienta desplazado de tu atención». ¿Cómo expresa entonces un infante sus conflictos interiores, sus alegrías, sus traumas o sus frustraciones diarias? Lo hace a través de la actividad más natural, divertida y sagrada de la infancia: el juego.

Para los profesionales de la clínica psicológica Soraya Sánchez, el juego no es un mero entretenimiento pasivo para mantener a los niños distraídos mientras los adultos se ocupan de las tareas del hogar o miran las pantallas de sus teléfonos. El juego es el trabajo serio de la infancia, el idioma nativo de su psicología y el laboratorio donde ensayan cómo funciona la vida real. Cuando un niño coge unos muñecos de plástico y recrea una escena donde un dragón ataca una casa o donde los profesores riñen a los alumnos en clase, no está simplemente fantaseando; está procesando sus vivencias cotidianas, canalizando sus miedos ocultos y exteriorizando tensiones que de otra forma quedarían atrapadas en su interior provocando malestar físico o cambios bruscos de humor.

El valor terapéutico del juego simbólico y de rol

A partir de los dos o tres años, surge una modalidad de juego fundamental para la maduración mental denominada juego simbólico o de representación. Es el clásico momento en el que los objetos cotidianos cobran vida propia: una caja de cartón vacía se convierte en una nave espacial que surca las estrellas, un palo de madera se transforma en una espada mágica y el propio niño asume el rol de médico, de bombero, de papá o de villano. Esta capacidad de simular situaciones y ponerse en la piel de otros personajes es un hito psicológico gigantesco, ya que constituye la semilla de la empatía humana.

Al adoptar diferentes papeles, los menores aprenden a comprender que los demás tienen puntos de vista distintos a los suyos, ensayan soluciones pacíficas para resolver conflictos abstractos y aprenden a tolerar las normas sociales que rigen la convivencia. Además, para los ojos atentos de los padres, observar el juego simbólico de sus hijos es una mina de oro informativa. Si notas que tu hijo siempre juega a que los muñecos se pegan, a que hay castigos desproporcionados o a que un personaje siempre se queda solo y llorando desamparado, es muy probable que te esté lanzando un grito de auxilio silencioso sobre alguna situación de estrés, acoso escolar o tensión familiar que está viviendo en su rutina diaria y que no sabe cómo verbalizar con palabras normales.

Los peligros de la sobreestimulación digital en las pantallas

En la sociedad moderna actual, nos enfrentamos a un desafío inédito en la historia de la crianza: la irrupción masiva de los dispositivos electrónicos como tabletas y teléfonos móviles en la vida de los lactantes y niños pequeños. Es muy habitual ver en restaurantes o salas de espera a menores de muy corta edad completamente hipnotizados frente a pantallas que reproducen vídeos de colores estridentes y música acelerada. Aunque esta solución rápida suele resultar muy cómoda para conseguir que el niño se quede quieto y callado al instante, los psicólogos infantiles advierten de que las consecuencias para su salud mental a medio y largo plazo pueden ser verdaderamente preocupantes.

El cerebro infantil necesita interactuar con el mundo tridimensional para desarrollarse de forma correcta: necesita tocar la arena del parque, oler las flores, apilar bloques de madera reales que se caen por el efecto de la gravedad y mirar a los ojos de sus padres para aprender a descifrar las expresiones faciales de los seres humanos. Las pantallas ofrecen una estimulación artificial, pasiva y excesivamente veloz que satura el sistema de recompensa del cerebro con ráfagas continuas de dopamina. Los niños criados bajo esta sobreestimulación digital suelen mostrar, al llegar a la etapa escolar, una bajísima tolerancia a la frustración, serias dificultades para mantener la atención fija en un libro o en las explicaciones del profesor y graves problemas para controlar la impulsividad, ya que el mundo real les resulta aburrido, lento y carente de los estímulos instantáneos a los que se han acostumbrado desde la cuna.

 

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